Peligrosa encrucijada
El tiempo le juega en contra a los más chicosLa discusión necesaria se demora y a muchos se les termina el margen de espera. Son quienes, a los precios actuales, no tienen espalda para soportar una mala cosecha y se preguntan a cada minuto si vale la pena correr el riesgo de sembrar. Resulta que más allá de los problemas de fondo, que siguen sin solución, el conflicto entre campo y gobierno por las retenciones móviles no deja de ser, ante todo, un dilema económico que se reduce al margen de cada productor según la cantidad y calidad de su tierra. Con costos liberados (o descontrolados) y precios recortados, la renta se achica y solo puede compensarse a fuerza de escala o mayores rindes, una herramienta sólo en poder de los grandes o de quienes producen en zona núcleo.
Estos factores, combinados, plantean ecuaciones complejas que podrían resumirse en una sola fórmula: cuanto más chico y más "en las afueras" se encuentra un productor, menos chances tiene de seguir en la agricultura, que -vale aclararlo- además es el último refugio cuando no son rentables otras actividades, como la ganadería o el tambo.
"La verdad que estamos pensando qué hacer, estamos fritos con las nuevas retenciones". La queja es de Jorge "Kini" Vargas: pequeño agricultor que explota poco más de 150 hectáreas en Calchaquí, de las que tienen que vivir sus padres y suegros, su mujer y su hija.
Sobrevivientes de los 90, esta familia produce en forma rudimentaria, con arados y sembradoras de otro tiempo, sobre todo soja y girasol. También mantienen un rodeo de 83 vacunos (53 madres), que van vendiendo para hacer lugar en el campo en la medida que tienen que sembrar. La sembradora "no vale ni como fierro viejo", admite el productor, y explica que para trabajar 40 hectáreas tarda 1 o 2 días, cuando una máquina en directa lo puede hacer en media jornada. En cuanto a la ganadería, aclara que no es "criador de hacienda"; que apenas hace lo que puede y que para eso hasta tiene que pedirle prestado el toro al vecino; "la última venta la hice hace dos años", confiesa.
En los 90 los Vargas habían logrado comprarse un campito de 131 hectáreas hipotecadas y los sorprendió la crisis de 2001 debiendo algunas cuotas que sumaban 24.000 "pesodólar". El dinero para pagar estaba guardado como grano en el acopio, pero la firma se fundió y los dejó "colgados del pincel". Tuvieron que vender la tierra "en la peor época", junto con las únicas 150 cabezas de ganado. Luego de cumplir los compromisos con el banco compraron 140 hectáreas que son, junto a 19 heredadas por su madre, las que hoy explotan.
Los márgenes de "Kini" dan cuenta de una situación límite. Para hacer trigo ("es inviable", asegura) tiene un costo de 12qq y en campañas óptimas (no con sequías históricas como la actual, que ni siquiera permitió sembrar) puede llegar a cosechar 15 o 17. Para producir soja tiene el mismo costo y puede aspirar a levantar 16/17qq. A los valores conocidos, el cereal le dejaría de máxima un margen de 3 a 4qq, aproximadamente $240 por hectárea. Para la oleaginosa, de $435 (5 quintales a $87 cada uno).
Actualmente, los 7 integrantes de la familia viven casi exclusivamente (los mayores tienen su jubilación) con la cosecha de soja 2006/07, que le reportó $38.000. Sin embargo no son netos, ya que de allí debe descontar el 35% de ganancias y los $1.175 bimestrales en concepto de "renta mínima presunta". De perogrullo, cabe señalar que con el resto tienen que afrontar los gastos generales del grupo familiar durante todo un año. Se vive con el ahorro "porque es lo que te enseñan estos gobiernos, porque no podés arrimarte a un banco", se lamenta el productor, que tendrá que pensarlo bien antes de encarar la próxima campaña porque si la cosecha falla "voy a tener que endeudarme".
A escasos 25 kilómetros de los Vargas, en la zona de colonia de Margarita, otra familia se debate entre sembrar o no. Aunque tienen mejor tecnología y máquinas propias, por lo que cuentan con la alternativa de trabajar para terceros, Aldo Olivares, su mujer e hijos también sufren la incertidumbre. Tienen tiempo hasta fines de julio para decidirse o no por el girasol, pero la única certeza es el costo, ya que al no existir mercado a futuro no pueden saber cuanto va a valer la cosecha. Por el mismo motivo, también temen que caiga el área sembrada y por lo tanto la demanda de trabajo como contratistas.
El campo, 103 hectáreas de las cuales sólo 64 son agrícolas, está en condominio con las hermanas de Aldo, a quienes deben pagarle el arrendamiento, al igual que por otras 100 hectáreas alquiladas. "Se paga a valor soja, es algo que debiera cambiarse", reflexiona el productor, un pionero de la zona tanto en la adopción de la oleaginosa (desde los años 70) como en el uso de la siembra directa, que incorporó 10 años atrás "a fuerza de agroquímicos".
Como "Kini", Aldo concentra su actividad agrícola en la siembra de soja y girasol. "Pero si sigo como productor estamos apuntando a cambiar de esquema... sembraremos más maíz", calcula. Culpa de la sequía, la última campaña apenas cosechó 5.2qq de soja, con un costo de 12qq por hectárea (en campo propio, en arrendamiento hay que sumarle 6qq). Por suerte la de girasol le había dado unos excelentes 20qq. "Hasta ahora se hacía soja porque era lo más estable y rentable, porque con el girasol corrés el riesgo de la tormenta, el granizo, el viento; este es el primer año que fracasa la soja", explica.
El servicio de siembra a terceros representa el grueso de los ingresos familiares, pero entre la sequía y la crisis la actividad es nula. "Trabajé bien hasta enero, después no trabajé más", cuenta el productor, que vive de "las reservas" hace cuatro meses.
Una de las injusticias del esquema de retenciones es que les cobra el mismo "impuesto" a todo por igual; ni siquiera tiene en cuenta los costos o los rindes. Y los insumos son un factor clave: "el glifosato el año pasado lo pague 5 dólares y ahora está en 13; el fertilizante aumentó un 200%", detalla el productor.
"Estamos jugados, si seguís trabajando te fundís, más si es campo arrendado; así no tengo chances de seguir de agricultor", asegura Aldo Olivares, mientras el almanaque sigue corriendo y en el Congreso luce más al espectáculo de las carpas y los muñecos inflables que el debate político o los argumentos técnicos. Así, el riesgo es que cuando se arribe a una conclusión haya menos productores por salvar.
No todo es Pampa Húmeda
Entre las imperfecciones que pueden endilgarse al esquema de retenciones móviles se destaca una, mayúscula, de tipo agroecológico. Los reintegros a los pequeños productores, tanto en el precio del grano como en el flete, se definen según la cantidad de hectáreas y la ubicación de los mismos. Pero la normativa dispone que todo el territorio santafesino es Pampa Húmeda y por lo tanto no habrá compensación del transporte y sólo accederían a los beneficios aquellos que exploten hasta 150 hectáreas, desconociendo que en el norte -en función de la calidad de la tierra y los rindes potenciales- con 200 o 300 también son pequeños y medianos. Como prueba de la contradicción se puede señalar la misma normativa, que dispone otro parámetro, de 500 toneladas de producción. En el norte, según el rinde sojero promedio de las últimas campañas, de 1.6 toneladas, para alcanzar ese volumen se necesitaría cosechar 312 hectáreas.
Orlando Corleaghi, presidente del Consejo Directivo de la Cooperativa Mixta de Margarita, confesó que estudian alternativas para evitar el quebranto de los productores sin generarles grandes endeudamientos que puedan complicarlos en el futuro.
"Estamos viendo cómo hacer con esos productores que siempre fueron consecuentes con la cooperativa y que están quedando en el camino, que no pueden seguir", comentó el presidente del Consejo Directivo, Orlando Colnaghi, para quien la dificultad pasa por no "enterrarlos más".
Con ese objetivo, en las reiteradas reuniones que vienen realizando se determinó que sean los ingenieros agrónomos quienes puedan orientar a los agricultores. "A lo mejor arrendándolo todavía pueden salvar el campo", opinó. Otra alternativa, que están gestionando con bancos de la zona, es conseguir créditos "a tasa accesibles" y la ampliación del límite de compra de las tarjetas de crédito. Para los préstamos, "el productor tiene que presentar una manifestación de bienes donde detalla las hectáreas que va a sembrar y el costo de implantación que va a tener esa cosecha". Para evitar una mala decisión del productor es que la cooperativa propone la asesoría de los técnicos, "para que lo oriente al productor si puede seguir o no".
Según el directivo, la situación se torna terminal en muchos casos por el fracaso recurrente de la soja en las últimas campañas, agravada aún más por la actual sequía que recortó los rindes a 500 kilos por hectárea. El costo fijo en campo arrendado, pagando un alquiler de 6qq pizarra Rosario, oscila los 18/20qq.
Dionisio Stoffel es el prototipo de tambero de la colonia santafesina. Nieto de suizos alemanes, nació, creció y aprendió el oficio como algo inherente a su herencia cultural.
Una infancia rural en Humboldt, yendo a la escuela con sus hermanas conduciendo el sulky, y una cotidianeidad rodeada por la dureza de la vida en el campo le dieron la templanza que forjó su carácter de hombre sereno, que sabe de lo que habla.
"Creíamos que la soja nunca llegaría a Humboldt, y sin embargo, hoy los sojeros nos están tentando para que les alquilemos el campo", nos confiesa.
Como tantos otros, Dionisio comenzó a hacer soja, para diversificar su planteo y garantizarse una renta. Ahora, con estos números, duda que lo vuelva a realizar. Y este único tambo (de los tres que supo tener) sigue trabajando a fuerza de constancia y perseverancia, aunque ya tiene fecha de cierre. "Calculo que si la cosa sigue así el año que viene lo cierro", admite con los ojos nublados por la emoción, pero todavía albergando alguna esperanza de mejoría, con ese optimismo innato de los productores.
Años atrás su campo supo ser el centro de atracción de la colonia, cuando la cancha de bochas convocaba al deleite de las familias de la zona que llegaban para pasar el día. Sin embargo, la realidad de hoy muestra a la casa del tambero convertida en depósito de herramientas en desuso. Los corrales de la granja están vacíos, porque Dionisio viene del pueblo todos los días y no estaba cuando le robaron todos los animales una noche, cuando el frío comenzó a apretar.
"La gente joven ya no quiere trabajar en el campo, y los que lo hacen pocas veces están capacitados para trabajar con un tractor o manejar hacienda", se lamenta este hombre que no tuvo hijos varones que pudieran tomar la posta. "Mi yerno armó este tambo de punta a punta con los mejores equipos, pero la falta de rentabilidad lo obligó a abandonar la actividad y a irse del campo" cuenta.
En Humboldt, como en muchos parajes de la provincia, aumentan las taperas. Casas que alguna vez rebosaron de vida, trabajo y sacrificio, y que hoy muestran detrás de los yuyos y el musgo la tristeza del abandono.
Por pertenencia, capacidad, dinámica y compromiso, el tambero argentino es el más eficaz del mundo. Estos hombres y mujeres nacieron en el campo y lo conocen como nadie. También son quienes mejor saben cómo hacerlo producir de manera sustentable, por algo siguen allí. Sin embargo, pese al discurso oficial, una marea verde viene tiñendo los campos desde el sur, manejada por los pooles de siembra que el gobierno dice combatir.
Para Dionisio, como para tantos otros, se viven horas cruciales. Por ahora, el hombre se mantiene aferrado al legado de sus antepasados. Es que hizo del trabajo digno una opción de vida, y va contra sus preceptos vivir de la renta, al menos hasta que el cuerpo le aguante.
Juan Manuel Fernándezjmfernandez@ellitoral.comENVIADO ESPECIAL